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La educación de las virtudes humanas: fin de la actividad educativa.
A.- Introducción.
La educación consiste en formar personas íntegras, hombres y mujeres buenas y realizadas. Pero la persona del educando que tenemos delante, no es algo abstracto, sino algo concreto, real y se asemeja a la descripción que hiciera Germán Dehesa y que anteriormente citamos. El educando, el niño posee una clara desarmonía en su interior, que se hace manifiesta en el desorden de sus potencias sensibles. Muchas veces lo que el apetito sensible presenta a la razón como placentero y bueno, no corresponde con el bien verdadero del hombre. No siempre el orden sensible se subordina al bien de la razón. Puede la persona humana alcanzar su felicidad, su bien más pleno y perfecto, desarrollando todas sus posibilidades, pero, tal como se halla la naturaleza, la efectiva consecución de ese bien tiene un carácter costoso y arduo. El camino hacia la plenitud del ser está lleno de dificultades, de dolores, de reveses, de caídas, que en muchos casos, hacen desistir del empeño. Los hábitos y las virtudes, aparecen como aquellas perfecciones que se ordenan a unificar las tendencias humanas hacia el bien, restaurando la armonía original. Dice Santo Tomás: “Las virtudes no son sino ciertas perfecciones por las cuales la razón se ordena a Dios y las potencias inferiores se ajustan a las reglas de la razón”. De esta manera se explica como sólo a través de la educación de las virtudes es posible formar en el educando una personalidad madura y responsable, que hace al ser personal verdaderamente dueño de sí mismo; de otra manera, continuará siendo gobernado por sus pasiones que un día lo llevaran a un lugar y otro día a otro.
No es difícil ni poco frecuente que los educandos malogren sus vidas, que terminen siendo algo diverso a lo que deberían llegar a ser, que se alejen totalmente de su camino hacia su mayor plenitud y realización. Y es que el hombre es un ser ambivalente, es decir, es capaz del bien, de lo noble, de lo grande, pero a la vez, es capaz del mal, de lo bajo y rastrero. El hombre es capaz de los dos extremos: el hombre ha sido capaz de crear las cámaras de gas y también de entrar en ellas ofreciendo su vida por otros; el hombre es el que dirige un avión contra las torres gemelas y el hombre es quien da su vida por otros en el rescate. Somos capaces de lo más noble y de lo más atroz, nos encontramos frente a la realización de una promesa y de su destrucción. Es a través de las virtudes que el hombre avanza hasta su promesa. Las virtudes son las que permiten nuestro crecimiento en el bien. Mientras que los vicios nos corrompen, nos alejan del verdadero bien y de la verdadera felicidad.
El fundamento antropológico de esta ambivalencia humana está en el hecho que el hombre posee facultades que no se orientan a una sola cosa, facultades que por participar de la libertad se encuentran indeterminadas. A diferencia de los sentidos, o de las facultades motrices, que siempre se ordenan a lo mismo, la inteligencia, la voluntad y los apetitos sensibles, no están determinados a una sola realidad, sino a varias. El ojo puede ver más o menos, pero siempre hará lo mismo: ver. Lo mismo el resto de los sentidos. Sin embargo, con las potencias espirituales ocurre otra cosa. La inteligencia puede conocer la verdad o errar, la voluntad puede querer el bien o el mal, puede amar, pero también puede odiar. etc., de tal manera que es necesario habituar a estas potencias para que efectivamente se ordenen a lo verdadero y bueno.
Las virtudes son esos hábitos que perfeccionan las potencias permitiéndoles que realicen perfectamente su acción propia. El hombre virtuoso no es un hombre pacato o aburrido o pasado de moda, sino que el hombre virtuoso es aquel que siendo dueño de sí mismo, logra vivir como le corresponde al hombre, llevando la naturaleza humana a su plenitud.
Se ve entonces, que si la educación es hacer a la persona más persona, es llevar al hombre a su plenitud, no podrá haber educación sin estos hábitos que llamamos virtudes. Pero ¿qué son los hábitos? En el lenguaje común actual se reduce la noción de hábito a costumbre, moda, estilo, forma de vivir, usos sociales, e incluso manías, rarezas, extravagancias, un comportamiento adquirido a raíz de una repetición de acciones. Pero el hábito tal como lo entiende Santo Tomás es mucho más que eso. El hábito es una progresiva humanización (o deshumanización) del hombre. Uno no es más hombre por tener tal o cual costumbre, por ejemplo la de saludar con uno o dos besos, o tal o cual manía, pero sí lo es por poseer más hábitos y más virtudes. Enseñar ciertas costumbres, como comer con cubiertos, ponerse los zapatos, atarse los cordones, etc., van muy bien, y son muy provechosas, porque a la larga llevarán al niño a ser ordenado o valerse por sí, sin embargo, no es eso la educación. La educación es hacer del educando una buena persona absolutamente.
El hábito es una modificación de la potencia mediante la cual se la capacita para realizar una operación de cierto modo. Dicho más simplemente, es una cualidad adquirida a través de la repetición de los actos. “El hábito se distingue de la potencia en que por la potencia somos capaces de hacer algo, pero por el hábito no nos volvemos capaces o incapaces de hacer algo, sino hábiles o inhábiles para eso que podemos hacer bien o mal. Así pues, por el hábito ni se nos da ni se nos quita algún poder, pero adquirimos esto por el hábito: el que hagamos algo bien o mal. De esta manera, tenemos que el hábito es una perfección intrínseca que cualifica bien o mal al hombre. La cualidad de nuestros actos se impregna en nuestra forma de ser y así la cualidad del acto se torna la cualidad de la persona que los realiza. El hábito es una cualidad que inhiere en el alma humana, imprimiéndole un modo de ser, determinándola intrínsecamente hacia el bien o hacia el mal. Somos lo que hacemos regularmente. Cuando el hábito es bueno lo llamamos virtud. Así, la virtud es un hábito que modifica la potencia y la establece en el bien, permitiéndole al hombre obrar perfectamente y ser bueno. De tal manera que tener una virtud no es algo que nos modifique o influya externamente, sino que implica que la posee nuestra persona.
La educación, dice Millán Puelles, es claro que no confiere al hombre las potencias que naturalmente le convienen, sino que apunta a la adquisición de perfecciones que no tenemos de una manera innata. Los hábitos buenos son esas perfecciones que modifican de tal modo a la potencia que le permiten obrar perfectamente, con prontitud y con alegría. No de manera mecánica sino libremente. Esto es muy importante, los hábitos no coartan ni eliminan la libertad humana. Dice Amado: “La perfección del hábito no es un amaestramiento, una disposición o manipulación de la potencia para que ésta proceda mecánicamente en la consecución de unos resultados. Por el contrario, como la perfección del hábito pertenece a las potencias racionales, es necesario que el poseedor del hábito pueda siempre obrar como quiera. De otro modo la perfección del hábito sería más animal que humana. El hábito es, en este sentido, aquello con lo que uno obra cuando quiere, tal como lo enseña Averroes en el libro III De Anima. Pero aún, puede decirse más. No sólo el hábito no se opone a la libertad, sino que, dado que por él se ejerce un dominio sobre las propias acciones, capacitando a las potencias para lo que antes no podían realizar, se puede decir que el hábito (bueno) abre la potencia a la libertad, la hace más dueña de sí, más libre. De esa manera, se ve como la educación en la medida que es formación de hábitos y virtudes, es hacer que el educando sea más libre, lo que no significa, hacer de él un hombre que haga lo que quiera, sino que sea más y mejor persona, que elija bien, esto es, que sea capaz de elegir aquello que lo perfecciona en cuanto hombre.
3.- La virtud como perfección de las potencias humanas.
La virtud es antes que nada perfección de una potencia. Y una potencia se dice que es perfecta en tanto que está determinada a realizar el acto que le es propio. Por ello es que definimos la virtud como un hábito operativo bueno. Por la virtud no sólo se torna buena la obra, sino el que obra. El hombre por la virtud se hace bueno intrínsecamente, lo cual lo lleva a obrar bien, dada la perfección que hay en sus potencias. No se es virtuoso por realizar obras virtuosas, sino que se hacen obras virtuosas porque se es virtuoso. Lo cual permite entender por qué, el virtuoso es feliz, aunque no esté realizando ninguna acción, mientras que el vicioso, sólo goza en la medida en que realiza su vicio, puesto que mientras no lo realiza, se encuentra inquieto, como en tensión.
4.- Clasificación de las virtudes: virtudes intelectuales, morales y teologales.
Habiendo visto la naturaleza de la virtud corresponde ahora establecer la división de las mismas. Enseña Santo Tomás que la razón es el primer principio de todas las obras humanas y los demás principios que concurren a su realización obedecen de algún modo a la razón, aunque de diversa manera. Así, unos obedecen a la razón en total disponibilidad; la razón tiene sobre ellos un dominio despótico. Tales son por ejemplo, los miembros corporales como la mano, el pie, etc. Otros, en cambio, no obedecen a la razón en total disponibilidad, sino con cierta resistencia. Sobre ellos la razón posee un dominio político, es decir, al modo como el hombre gobierna a súbditos libres que tienen derecho a contradecir en algunas cosas. Tal es el dominio que ejerce la razón sobre los apetitos. Así pues, concluye el Aquinate: “Para que el hombre obre bien se requiere no sólo que esté bien dispuesta la razón por el hábito de la virtud intelectual, sino que también esté bien dispuesta la facultad apetitiva por el hábito de la virtud moral. Por consiguiente, así como se distingue el apetito de la razón, así se distingue también la virtud moral de la virtud intelectual. Por lo que, así como el apetito es principio del acto humano en cuanto participa de algún modo de la razón, así el hábito moral es virtud humana en cuanto que se conforma con la razón” . Así como dos son los motores del obrar humano, el entendimiento y el apetito; así también, toda virtud humana, en cuanto es un hábito que perfecciona al hombre para obrar bien, habrá de perfeccionar a dichos motores o principios. Si perfecciona al entendimiento, será una virtud intelectual, si perfecciona al apetito, sea el apetito racional o los apetitos sensibles, será una virtud moral. “Resulta por tanto, que toda virtud humana o es intelectual o es moral”.
A las virtudes intelectuales y morales hay que añadir aquellas virtudes sobrenaturales que relacionan al hombre con Dios, siendo Éste su objeto propio. Son las virtudes teologales: La fe es la primera en el orden de la generación de las virtudes y puede ser definida como la virtud sobrenatural mediante la cual creeemos ser verdadero todo lo que Dios ha revelado, no por la claridad intrínseca de las verdades reveladas, sino por la autoridad de Dios que revela. La esperanza, sigue a la fe y es la virtud sobrenatural mediante la cual esperamos alcanzar a Dios en la bienaventuranza eterna y esperamos nos disponga los medios para alcanzarla. Finalmente y como perfección de todas las virtudes se encuentra la caridad que es la virtud por la cual amamos a Dios y al prójimo como a nosotros mismos.
La educación verdadera apunta al hombre entero, a su inteligencia y a su voluntad, así como a sus apetitos sensibles, por lo que la educación integral es a la vez intelectual y moral, no debiéndose descuidar ningún aspecto, aunque como veremos, guardando un cierto orden.
B.-La educación de las virtudes intelectuales: Perfección de la vida teorética.
La educación intelectual es educación de hábitos, de virtudes, es propiamente formación, por lo que de ninguna manera puede confundírsela o reducírsela a simple instrucción. Muchos educadores dedican todos sus esfuerzos en instruir la inteligencia y ni siquiera tienen conciencia de que lo que deben hacer es educarla.
Ciertamente que amabas, instrucción y educación, son perfecciones que el educando puede llegar a adquirir, sin embrago, difieren radicalmente y ya se lo ve cuando uno descubre que es posible encontrarse con eruditos, con personas que poseen muchos conocimientos, con poca educación intelectual; mientras que existen educados intelectualmente que poseen pocos conocimientos. Dicho simplemente quien tiene un entendimiento bien educado ama la verdad y aborrece el error, huye de la imprecisión, la confusión, la superficialidad, es sumamente exigente en cuanto se refiere a la perfección de toda su actividad intelectual y sabe sacar provecho del conocimiento de la realidad que le rodea y conoce en cada caso concreto cómo debe conducirse. Una educación fundada en un mero afán enciclopédico o de erudición, que llene la mente del alumno de noticias, términos, hechos, ideas, definiciones, opiniones, etc., sin atreverse a formar el entendimiento para que sea capaz de juzgar sobre la realidad, de decir lo que las cosas son, de formular juicios verdaderos, dirige al entendimiento a su propia ruina, pues le hace creer que sabe, cuando en realidad está siendo distraído de la auténtica ansia de conocer. La verdadera educación intelectual pretende que el alumno alcance a formular juicios y no sólo eso, sino que sean juicios verdaderos. Por eso trata de que llegue él mismo a la conclusión, y no que esta le venga impuesta por la voluntad de otro. Es el mismo educando quien ha de descubrir y adherir libremente a esa verdad propuesta por el educador.
Para ello entonces son necesarias las virtudes intelectuales, las cuales perfeccionan al entendimiento para que diga la verdad. Se entiende por formación intelectual, dice Millán Puelles, “toda la que tiene por objeto virtudes propias de la facultad intelectiva. Aunque es el hombre entero quien se forma, el sujeto inmediato de la formación intelectual es el entendimiento”.
Y la primera virtud intelectual es el entendimiento. Es preciso no confundirla con la potencia intelectual del mismo nombre, que el hombre posee de manera innata. La virtud del entendimiento es un hábito que dispone la inteligencia humana para conocer inmediatamente las verdades evidentes, aquellas que no necesitan otra verdad para ser conocida. Dice Santo Tomás: “En la naturaleza humana es preciso que exista, lo mismo en lo especulativo que en lo práctico, un conocimiento de la verdad que no haya sido buscado, y justamente este conocimiento tiene que ser el principio de todo conocimiento siguiente, tanto especulativo como práctico, ya que los principios han de ser más estables y firmes. De ahí también que tal conocimiento haya de darse en el hombre de un modo natural, disponiéndose así como de un cierto semillero de los conocimientos posteriores, lo mismo que en todas las naturalezas preexisten ciertas semillas naturales de las operaciones y de los efectos que las siguen. Y es también necesario que tal conocimiento sea habitual, para que se le pueda usar de un modo expedito siempre que haga falta”(Ver, 16, a.1).
En efecto, para buscar, lo mismo que para fundamentar una verdad hay que partir de otra que ya se tiene. No es posible buscar desde el vacío ni demostrar desde la nada. Es posible, claro está, que se deduzca de una verdad adquirida, pero precisamente, si ha sido adquirida debió de serlo desde otra verdad previa. Y además, esa verdad primera desde la que se obtienen todas las demás, debe ser necesariamente permanente, habitual, puesto que si en algún momento no se tiene, hay que buscarla desde otra verdad, y ya no sería primera. Es pues necesario que los primeros principios del entendimiento sean un hábito natural, es decir, que no sean de ningún modo adquiridos, por lo que se deduce inmediatamente que no poseen el carácter de educables. No se educa el hábito del entendimiento, sino que adviene naturalmente en el mismo momento en el que el entendimiento conoce. En efecto, una vez que la facultad intelectiva posee ya los términos o ideas de que constan los primeros principios, éstos son conocidos de un modo natural, sin necesidad de raciocinio, “pues por la misma naturaleza del alma intelectual conviene al hombre el que por el simple hecho de que este conozca qué es el todo y qué es la parte, conozca que cualquier todo es mayor que la parte”.
Este es el intelecto, el hábito natural, mediante el cual el entendimiento conoce de manera evidente y sin raciocinio alguno los primeros principios a partir de los cuales han de obtenerse todos los demás conocimientos.
Sobre la base y sólo sobre la base de estos hábitos, el hombre adquiere la formación intelectual de dos maneras: o por sí mismo, es decir, sin ninguna ayuda exterior, o por la enseñanza que de otro hombre recibe. La primera recibe el nombre de investigación o inventio, y la segunda, es la educación o disciplina. A ambos es común el fin que se proponen, a saber, la adquisición del saber. Y más aún el proceso a través el cual se obtiene dicho saber. Dice Santo Tomás: “En la adquisición de la ciencia el que enseña a otro le lleva al conocimiento de las cosas que ignoraba, de una manera idéntica a aquella en la que alguien, por sí mismo, pasa al conocimiento de lo que no sabía”. Dónde se encuentra entonces la diferencia. Precisamente en que la enseñanza es una ayuda y el maestro o educador una causa coadyuvante de la formación intelectual del discípulo. Enseñar no es ni más ni menos que ayudar a otro hombre a adquirir el saber.
La enseñanza consiste en una cooperación que tiene como supuesto la operación del discípulo. Aprender no es un puro recibir, sino una verdadera actividad que el discípulo ejerce con el auxilio o concurso del maestro. La misma noción de ayuda implica dos actividades, la del que ayuda y la del ayudado. El segundo cuenta con que el primero haga algo. Por ello que el arte del maestro se asemeja al del médico, en tanto la materia sobre la que actúan tiene un cierto poder activo para producir un determinado efecto. En el caso del arte de construir, por ejemplo, las maderas, ni los materiales, tienen por sí ningún poder. Todo depende del arte del constructor. En cambio, en la medicina, el mismo cuerpo puede sanarse por naturaleza, sin el auxilio del médico porque posee un cierto poder activo. Lo que hará el médico entonces, es imitar la naturaleza. Ayuda para que la naturaleza produzca su efecto. En la enseñanza pasa lo mismo. También el hombre por sí mismo puede adquirir la ciencia, por eso el maestro imita la naturaleza, su arte será conducir al educando a que adquiera por sí mismo el saber. La función del maestro es directiva. Lo conduce y lo guía por el camino que le conduce a la verdad.
Las virtudes teoréticas que siguen al intelecto y que el maestro ha de ayudar al discípulo a formar son la ciencia y la sabiduría. La ciencia perfecciona al entendimiento para que conozca las causas de un determinado género de seres cognoscibles, mientras que la Sabiduría le permite conocer los principios universales y últimos. La sabiduría le permite juzgar y ordenar todo otro conocimiento científico, tanto en sus principios como en sus conclusiones, de donde se sigue que es el principal hábito intelectual.
Sin la educación de la sabiduría, la educación intelectual resultará incompleta, desorientada, con el grave peligro de perderse en un laberinto de ciencias. Fácilmente una ciencia aspirará a sustituir el vacío dejado por la enseñanza de la sabiduría.
Y es que a todos los niveles de enseñanza se experimenta la necesidad de una integración de los conocimientos, especialmente en función del educando, que es una persona radicalmente unitaria. La fragmentación inconexa de conocimientos lo desorienta y paraliza. Es preciso darle unidad a todos estos conocimientos científicos y sólo es posible desde una instancia superior a las mismas ciencias. Es preciso de una ciencia que juzgue no sólo acerca de un género especial de seres, sino que juzgue sobre el Ser en sí mismo y sus principios, dicha ciencia que se ocupa de las cosas más honorables y divinas es la Sabiduría.
Para poder adquirir estas virtudes, el maestro debe disponer al educando para que éste entienda por sí mismo. “Se dice que el hombre causa la ciencia en otro, dice Santo tomás, por la operación de la razón de éste. Y esto es enseñar”. Si no realiza el mismo educando la operación intelectual no aprenderá nada. Para ello es necesario que el maestro acerque al discípulo a la conclusión proponiéndole juicios menos universales que los que ya tiene, o también ejemplos sensibles, ayudando así a su actividad abstractiva. Y en caso de que el alumno no sea capaz de alcanzar por sí mismo las conclusiones, entonces, el maestro ha de fortalecer su entendimiento mostrándole las conexiones entre los principios y las conclusiones. Se trata de llegar a las cosas más difíciles a través de las más fáciles.
Ahora bien, la enseñanza de las virtudes intelectuales no sólo requiere de una adecuada metodología, sino que el alumno requiere de virtudes morales previas. Expliquemos esto. La adquisición de las virtudes intelectuales es un proceso que se desarrolla en un ser provisto de pasiones y que puede tener su voluntad bien o mal inclinada. En el hombre que aprende pueden existir resistencias de variada índole moral para la adquisición del saber, como por ejemplo, cierta pereza, desinterés, etc. O al contrario, puede tener inclinaciones que de manera habitual favorezcan el proceso de aprendizaje intelectual, como interés, deseos de aprender, etc. Las virtudes morales que de una manera directa favorecen la adquisición de las virtudes intelectuales, son: la abstinencia y la castidad, la estudiositas, y la docilidad.
Veamos primero la abstinencia y la castidad, que son aquellas partes de la templanza que moderan el apetito de bienes comestibles y el apetito sexual, respectivamente. La primera modera la gula y la segunda la lujuria. ¿Qué tiene que ver esto con las virtudes intelectuales? Mucho que ver. Porque en el hombre, la perfección de la operación intelectual consiste en desligarse de las imágenes sensibles, y de ahí que cuanto más libre de ellas esté el entendimiento humano, tanto mejor pueda considerar las cosas inteligibles. El deleite, dice Tomás, lleva la inclinación a lo que agrada. Los vicios carnales (las gula y la lujuria) se refieren a los deleites del tacto, que son los más vehementes. De ahí que por esos vicios la inclinación del hombre sea aplicada al máximo de cosas corpóreas y consiguientemente quede debilitada la operación humana respecto de las cosas inteligibles. Y más por la lujuria que la gula, en cuanto los placeres venéreos son más intensos. Las virtudes opuestas, obviamente, disponen máximamente al hombre a la perfección de la operación intelectual.
Por supuesto que la gula y la lujuria, no anulan por completo la operación intelectual, y hasta puede que alguien, por excelencia de su ingenio natural, especule en ocasiones con gran sutileza. Pero lo que es seguro es que con frecuencia la gula y la lujuria les retraigan de dicha sutileza para entregarse a los placeres corpóreos. Por consiguiente, la abstinencia y la castidad, aunque no sean enteramente necesarias para los actos intelectuales, sin indispensables para la perfección de los mismos. Disponen de una manera indirecta, manteniendo libre la atención de imágenes que una sensibilidad sobreexcitada opone a la operación intelectual .
Sin embargo, la virtud moral que mejor predispone al estudio obviamente es la estudiosidad. Es la virtud que refrena el apetito inmoderado de saber, pero también, la que se sobrepone al deseo natural de evitar las molestias que la adquisición del saber supone. En cuanto el hombre posee un alma racional, naturalmente está llevado al deseo de conocer. Y así es preciso que refrene ese apetito para que no tienda inmoderadamente al conocimiento de las cosas. Pero en cuanto posee un cuerpo material, el hombre tiende a evitar el trabajo de adquirir la ciencia. En consecuencia, en lo que toca a lo primero la estudiosidad es una mesura, una medida, y así es parte de la templanza; pero por lo que se refiere a lo segundo, es una fuerza, una fortaleza que supera los obstáculos en orden a conseguir la ciencia. La estudiosidad pone la verdad como auténtico objeto del conocer, evitando caer en el vicio de la curiosidad. Ésta no busca tanto conocer la verdad, cuanto gozarse en el conocer, sea verdadero o no.
Finalmente la docilidad, es una virtud que proporciona una conveniente receptividad de la enseñanza. Es dócil el que está bien dispuesto a aprender, es decir, el que posee una voluntad bien inclinada a ser enseñado. Es propiamente una virtud de la potencia volitiva, que dota a esta de la cualidad habitual de apetecer debidamente la enseñanza y el consejo oportunos. De ahí que se opongan los vicios de la pereza y de la soberbia, cada uno de los cuales impide el aplicarse a recoger el testimonio de los más expertos: el primero por descuido o negligencia y el segundo porque los deprecia.
C.- La educación de las virtudes morales: Perfección de la vida práctica.
1.- Naturaleza de la virtud moral.
Las virtudes morales son aquellas que perfeccionan a las facultades humanas en orden a la operación perfecta; si las virtudes intelectuales perfeccionan el orden teorético, son las virtudes morales las que se ordenan al orden de la praxis humana, o dicho de otro modo, al uso activo de la voluntad. Son aquellas por las que el hombre se encuentra rectamente dispuesto en sus potencias apetitivas para moverse al bien proporcionado a su perfección como hombre. “Las virtudes morales, dice Santo Tomás, tratan sobre las pasiones y las operaciones, a las que conviene dirigir según la regla de la razón. Lo recto consiste en todo lo regulado según que las reglas son adecuadas. Igualmente el término medio está entre lo mayor y lo menor. Se entiende que sean ellas las virtudes más importantes en la formación de la persona humana. “Mediante estas virtudes, dice Antonio Amado, el hombre encuentra facilidad para llevar una vida moralmente buena, regular y ordenar las pasiones, tener dominio sobre sus actos y superar con alegría los obstáculos que impiden la consecución del bien.
La virtud moral, entonces, perfecciona la parte apetitiva del alma ordenándola al bien de la razón. Es éste el bien del hombre en cuanto hombre, y a él ordena sobre todo la virtud, pero no de una manera extrínseca e impuesta, sino como brotando de la misma interioridad del sujeto. Es el hombre el primer beneficiario de su propia actividad. El obrar bien redunda en nosotros mismos, de tal manera que es mediante nuestros propios actos que nos ennoblecemos o nos envilecemos, que adquirimos la virtud o el vicio. Por medio de las virtudes dejamos de ser ajenos al bien para convertirnos en sus amigos íntimos. Pasamos de hacer el bien o por casualidad, a hacerlo por determinación e incluso con naturalidad, porque nos hemos convertido nosotros mismos en seres buenos (Wadell, P. Primacía del amor).
Ciertamente, las virtudes al ser hábitos modifican nuestro modo de ser y de actuar, lo cual es, sin duda, reconfortante, porque “frente a la insatisfacción personal respecto a lo que somos o a parte de nuestra conducta, ya no tenemos por qué resignarnos. Podemos cambiar a mejor, podemos crecer de forma sana y feliz. Aun cuando nos sintamos atrapados por actividades destructivas, no estamos condenados a ellas, puesto que permanece abierta la posibilidad de desarrollar otro tipo de hábitos y así adquirir un ser nuevo y mejor”. Siempre hay una esperanza de mejorar.
La vida propiamente humana, dice Santo Tomás, no es la vida absolutamente contemplativa, propia de los ángeles; ni tampoco la vida voluptuosa, propia de los animales, sino que es la vida activa que consiste en el ejercicio de las virtudes morales. Es sólo a través de su ejercicio que el hombre es capaz de superar la pura animalidad y ascender a la vida del espíritu, esto es, la vida propiamente humana. El hombre se define por la razón, de allí que sólo viviendo según ella alcanza su plena realización. Son las virtudes el puente entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Son el medio necesario para la transición hacia la verdadera humanidad.
Las virtudes nos disponen para nuestra perfección, para nuestra realización suprema y por tanto, para entenderlas bien no podemos perder de vista el objetivo último que desean darnos. Reciben su significado del fin al que sirven. Dependiendo de aquello que hayamos determinado como fin último, dependerá la naturaleza de las virtudes. “Es obvio, dice Tomás de Aquino, que con propiedad, la virtud verdadera es la que se ordena al bien principal del hombre; como afirma el Filósofo diciendo que la virtud es la disposición de lo perfecto a lo óptimo. No puede, por tanto, haber ninguna virtud verdadera sin la caridad”. Y es que nuestro mayor deseo se expresa en nuestra conducta. Si deseamos ser amigos de Dios, todas nuestras acciones se ordenaran a ello. Si la caridad es el amor supremo de la vida, entonces todas nuestras acciones por insignificantes que sean, se ordenaran a eso que amamos. La caridad es el fin de las virtudes, es como la madre de todas ellas, porque “la caridad es la virtud que ordena al fin principal del hombre que es gozar de Dios” (Palet). “Se dice que la caridad es el fin de las virtudes porque las dirige hacia su propio fin”. Una madre da a luz al hijo, mientras que la caridad engendra y da a luz “todo comportamiento virtuoso”. La caridad no sólo determina una clase de comportamiento, sino que constituye un modo especial de vivir y en ese sentido, es la actividad vital desde la que hacemos todo lo que hacemos. Por eso es que la virtud de la caridad es la más necesaria para los padres y educadores, para que en su acción amorosamente educativa puedan enseñar, deleitar y emocionar al niño y al joven que los mira y los escucha, para que lleguen a amar las cosas significadas en las palabras y los ejemplos.
Sin embargo, la caridad no es suficiente para vivir bien, para alcanzar nuestra plenitud, hay otras virtudes importantes como las virtudes cardinales. Las cuatro virtudes morales más importantes, de las cuales se derivan todas las demás son las virtudes cardinales. Se llaman cardinales porque en ellas se apoya la vida humana, siendo esta vida la que le conviene al hombre. Para vivir como le conviene al hombre es preciso adquirir estas virtudes. Necesitamos de ella para movernos por la vida, ya que si nos faltan no podemos continuar nuestro viaje hacia el bien.
Aunque las virtudes se analicen separadamente, ello no significa que las virtudes deban ser educadas o adquiridas de modo separado o consecutivo. Las virtudes |