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Normas y Límites
- 15-06-2009

NORMAS Y LÍMITES

 

         Cuando los padres y profesores escuchan hablar del profundo efecto deformador de la personalidad infantil sana provocado por la aplicación de una autoridad sustentada en el dominio y cuyo objetivo es disciplinar más que educar para la vida, surge de inmediato una aguda preocupación:

¿Es posible legitimarse ante los niños y adolescentes mostrándose cercanos, empáticos  y flexibles?

¿No se confundirán los chicos, creyendo que la flexibilidad es sinónimo de permisividad? “Bien, me parece razonable cambiar mi actitud autoritaria con mis hijos, yo también me siento mal de ser tan gruñona, pero… ¡Alguna vez podré castigarlos, supongo! O se me van alborotar y me verán como un títere sin capacidad de controlarlos!”,

 fue el comentario, entre escéptico y temeroso , de una joven madre de tres traviesos chicos. La respuesta es simple: en lugar de poner énfasis en los castigos, se debe insistir en la formación temprana y sistemática de hábitos a través de implantar normas y límites como recursos de socialización y de educación emocional.

 

            Esta tarea fundamental de la educación para la vida se pude dividir en dos etapas:

 

·        Entre los dieciocho meses y los siete años es la etapa sensible ideal para implantar normas, siendo la edad que se extiende de los tres a cinco años, la más fértil.

·        Entre los siete y los quince años: Es la etapa sensible ideal para implantar límites, los cuales se van internalizando gradualmente, de modo que a partir de los quince  el adolescente los ha adoptado como saludables estilos de vida.

 

NORMAS

Las normas son convenciones que se establecen sobre fundamentos sólidos de base empírica o científica. El adulto fija la norma y el niño la acepta y la cumple, por lo tanto hay un contrato de obediencia. Inicialmente se trata de una obediencia impuesta, pero pocos años después, una vez que el niño comprende y acepta los fundamentos de la norma, ésta se transforma en un principio ético, en un valor superior. Una vez implementadas  en el hogar, las normas adquieren estatus de inamovibles.

            Entre ellas destacaremos algunas que son esenciales en una casa:

 

Respeto

Consiste en una actitud de consideración hacia otro y contempla exigencias de buen trato en la actitud, los modales y el lenguaje. El respeto proscribe toda actitud desconsiderada  y procaz (como el empleo de insultos, las palabras soeces y el trato abusivo) y promueve la gentileza en toda ocasión. Incluye también la consideración con los espacios,  propiedad privada y el bienestar de los  otros miembros de la comunidad.

            Esta norma fundamental se debe inculcar tempranamente, ante de los cinco años, y tiene que consolidarse a través del ejemplo. El respeto es el valor más olvidado en la educación actual, por cuanto la ausencia de modelos adultos impide que los niños pequeños aprendan este principio ético por imitación.

 

Hábitos de orden y  de buen uso del tiempo

La vida en comunidad exige mantener los espacios ordenados, cumplir con reglas sobre los lugares específicos donde se deben realizar determinadas actividades cotidianas en la casa (como almorzar y cenar en la mesa y no con la bandeja en una cama), respetar horarios para acostarse, levantarse, jugar y recrearse, los que no deben interferir con los horarios de comida, por ejemplo.

 

            Enseñar a los párvulos el valor de planificar las actividades de tal modo de optimizar el tiempo será más tarde el gran aliado de los padres en establecer un saludable hábito de estudio e incorporar a sus hijos a actividades de enriquecimiento integral, como deportes, aprendizaje musical, etc.

 

Rectitud y Honestidad

Los niños pequeño, ávidos de apropiarse de los misterios del mundo, están ampliamente dispuestos al heroísmo y la grandeza. Debemos ser sensibles a esta esplendida disposición del alma, enseñando tempranamente el valor de ser capaz de decir la verdad asumiendo los costos que ello implica y reflexionar cuando se ha cometido un error para evitar repetirlo, en especial si dicho error ha perjudicado a terceros.

            Enseñar a ser veraz exige del adulto una gran pericia y es preciso reconocer que la mayoría de los adultos carece de esta habilidad, lo cual explica la tendencia de los niños – y de muchos adultos – a mentir y adjudicar a terceros las consecuencias de sus acciones. Dicha habilidad consiste en identificar el aspecto sobre el cual se debe colocar el énfasis educativo y elegir la didáctica adecuada.

            El énfasis se debe poner  sobre la valentía y el coraje de un niño que es capaz de decir la verdad afrontando las consecuencias. La valentía es una virtud y sobre ella debe recaer el reconocimiento y la valoración.

            El método educativo adecuado es premiar la virtud a través de su valoración. En otras palabras, enfatizar el rasgo positivo de la situación: decir la verdad, en vez de enfatizar lo negativo: el error.

            Por desgracia, la mayoría de los padres y profesores se equivocan, tanto en la identificación del aspecto sobre el cual poner el énfasis educativo como en el elegir el mejor método de educación de una virtud:

 

·      Identifican el error cometido como blanco de su acción educativa, y esta a su vez se centra en la disciplina.

·      El método elegido es el castigo por la acción cometida.

·    El valor de la virtud es ignorado, pues el adulto estima que lo verdaderamente importante es suprimir drásticamente toda posibilidad de repetir la acción cometida, y ello se logra a través de un castigo ejemplar.

 

Enfatizar la acción cometida ignorando la virtud y aplicando un castigo ejemplar a  dicha acción, invita al niño a desconfiar del adulto y a optar por la mentira y el ocultamiento. Desconfía de quien muestra su ceguera al ignorar el gesto ético – decir la verdad afrontado  sus consecuencias – y ver solamente la acción reprobable. Elige la mentira porque todo niño huye naturalmente del dolor y los castigos, especialmente aquellos arbitrarios y drásticos, que hieren al niño, provocándole rabia o impotencia frente a lo que considera un castigo injusto. Es fácil ver que castigar que como modo de sofocar “malas acciones” es un método infalible par destruir en un niño la formación temprana de una conciencia ética y para perpetuar la tendencia a mentir, especialmente en niños que sufren castigos drásticos desde pequeños.

 

Límites

Los límites son reglas flexibles que los padres implantan en consonancia con lo logros de autonomía del niño a medida que este va creciendo. Comienzan a aplicarse a partir de los siete años. Los límites deben ser flexibles pero consistentes, modificándolos en forma gradual a medida que los chicos se acercan a la adolescencia.

 

En la época actual, ellos dicen en relación con:

 

·        Actividades recreativas: Límites de horario (horas de permanencia, momentos oportunos /momentos inadecuados) para jugar en la calle o el condominio, uso de los juegos tecnológicos (Nintendo, juego de computador), de la TV  y del Chat.

 

·      Actividades Sociales: Límites de horario y horas de permanencia  para las “juntas” y salidas con objetivos sociales a otras casas: En este aspecto, es esencial fijar límites en relación a cuáles días de la semana se puede ir a casas de amigos, procurando que ellos queden limitados a los fines de semana, con lo cual se enfatiza el valor de la responsabilidad  ante los deberes y obligaciones.

 

Inculcar normas y límites en forma oportuna, aprovechando las etapas sensibles abiertas a la educación para la vida, tiene muchas ganancias trascendentales. Por una parte, contribuye a formar el carácter, ese conjunto de virtudes que pasa  a formar parte constituyente de una personalidad sana y preoactiva. Por otra, siembra las condiciones ideales para el logro de una sólida capacidad de autodeterminación en la edad adolescente. Está ampliamente demostrado que implantar hábitos sanos en forma temprana es el secreto para que los adolescentes tomen decisiones libres y responsables.

 

      Amanda Céspedes Calderón, nació en Iquique, en1947. Estudió Medicina en la Universidad

     de Chile, donde se especializó en psiquiatría infantil y juvenil. Realizó un posgrado

     en neuropsicología y neuropsiquiatría infantil en la Universidad degli Studi de Turín, Italia.

     Actualmente es Profesor Adjunto Asociado de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad

     Católica de Chile y miembro del directorio de la Fundación Mírame, entidad sin fines de lucro,

     dedicada a innovar en el sistema de integración de niños con trastornos del desarrollo.

      En 2007 publicó el libro Niños con pataleta, adolescentes desafiantes convirtiéndose en un

     fenómeno de ventas, que ya va en 4ª edición.

     En 2008 publicó el libro Educar las emociones Educar para la vida.

 

 

 

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